| En
Navarra, cerca del río Aragón, en un valle
austero próximo a los Pirineos, estaba el Castillo
de Javier. Flanqueado por cuatro elevadas torres, protegido
por gruesas murallas y un profundo foso lleno de agua, que
se atravesaba por un puente levadizo. Allí nació,
en el año 1506, el gran apóstol. Era el sexto
hijo de dos excelentes cristianos, Juan de Jasso y María
de Azpilcueta.
Su padre vivía poco en el castillo. Era uno de los
hombres más importantes del reino de Navarra, el
de más confianza del rey. Tenía que dedicarse
a sus actividades políticas en Pamplona; y a las
diplomáticas en Castilla y Francia.
Muchas veces iba Javier a la capilla del castillo a rezar
a un gran Cristo, que dicen sudó sangre cuando él
agonizaba. Algún visitante sube ahora de rodillas
las escaleras semicirculares que llevan a esa capilla, y
que tantas veces subió el santo.
El Cristo es una talla de nogal de tamaño más
que natural. Tiene una suave sonrisa. Fue encontrado en
el hueco de un muro: estaba descolgado, con los brazos caídos,
sujetos a la espalda por una cadena. Parece que estaba escondido
allí desde el tiempo de los moros.
|